Las flappers de los años veinte desafiaron las expectativas sobre cómo debía vestir y comportarse una mujer. Llevaban el pelo corto, elegían vestidos más holgados y bailaban al ritmo del jazz y del charlestón. Algunas incluso se maquillaban o pintaban las rodillas. Su imagen se convirtió en uno de los símbolos de una época en la que las normas sobre la feminidad empezaban a cuestionarse de manera cada vez más visible.
Tras la Primera Guerra Mundial, cambiaron las costumbres y también la moda. Durante el conflicto, muchas mujeres habían desempeñado trabajos en la industria, el transporte y la administración que antes ocupaban principalmente los hombres.
Vestir para moverse
La transformación del vestuario no ocurrió de golpe. Las faldas se fueron acortando y, hacia mediados de los años veinte, numerosos diseños se acercaban a la rodilla. Los vestidos de líneas rectas y cintura baja ganaron protagonismo, mientras se simplificaban las prendas y se reducía la superposición de capas. La comodidad y la libertad de movimiento adquirieron mayor importancia, aunque siguieron existiendo otros estilos y vestidos de noche largos.
La escasez de telas durante la guerra fue uno de los factores que favorecieron diseños más sencillos. Pero el cambio también estuvo relacionado con las propuestas de los diseñadores y con una historia de reformas del vestido femenino que había comenzado mucho antes de las flappers.
Los vestidos de fiesta podían incorporar cuentas, lentejuelas y bordados. Así, la sencillez del corte convivía con una decoración vistosa: una silueta menos ceñida no significaba renunciar al brillo ni a la elegancia.
El pelo corto también provocaba
El corte bob fue otra de sus señas de identidad. En una sociedad que asociaba el cabello largo con la feminidad, cortárselo podía despertar rechazo. Según Smithsonian Magazine, algunas peluquerías se negaban a realizar aquel corte, por considerarlo controvertido o porque no sabían cómo ejecutarlo. Las mujeres que lo querían acudían entonces a las barberías.
El cine contribuyó a difundir esa nueva imagen. Clara Bow, una de las grandes estrellas de la década. Su apariencia y sus papeles ayudaron a convertirla en uno de los rostros más reconocibles de los llamados «felices años veinte».
¿Por qué se pintaban las rodillas?
Con las faldas más cortas y las medias enrolladas por debajo de la rodilla, algunas jóvenes comenzaron a destacar la piel que quedaba al descubierto. Unas aplicaban colorete; otras dibujaban flores, retratos o pequeños paisajes. Han Yu documenta estas prácticas mediante referencias a noticias publicadas en 1921 y 1925. Por tanto, las rodillas pintadas tienen respaldo histórico, aunque no era una moda que siguieran todas las mujeres.
La intención estética era llamar la atención sobre esa parte del cuerpo. En un contexto en el que mostrar las piernas podía provocar censura, ese gesto puede interpretarse también como una pequeña rebeldía de las normas de respetabilidad femenina.
Tampoco todas las mujeres vestían ni vivían como las flappers contra esa imagen simplificada de los años veinte. Su estilo permite, sin embargo, observar cómo la ropa y la apariencia podían convertirse en terreno de disputa. Una rodilla pintada podía parecer una extravagancia.
